lunes, 26 de marzo de 2012

Chau pavo!

Extrañaré la despreocupación, la vida liviana y sencilla, la juerga, la justificación eterna y todopoderosa de "la edad del pavo", que los amores duren poco y no dejen marcas, porque todavía no se entiende de qué va el amor...
Volver a descubrir a Charly García, a Sabina, los Guns, Kurt Cobain, Pink Floyd, el Indio, el Flaco, Cerati, la Negra... a probar por primera vez el cigarrillo, y a sentir nuevamente que puedo prescindir de él...
Desconocer el significado de futuro, tener a mi vieja a mano (y no tener conciencia de que alguna vez no será así, que la tendré lejos), revolcarme con el perro en el patio...
El patio.... colgar las mediasombras en verano, descolgarlas en otoño... tomar café hirviendo en invierno, y salir tempranito, de noche, sintiendo el cachetazo del frío, para ir a la escuela.... Pasar por lo del Mati, y lo del Luchi, costear la plaza San Martín y ver a los placeros mateando con unos bollos, y despertarse a los Tribunales...
Llegar a la Enova y fumar un puchito en el jardín trasero... no izar un carajo la bandera, y echar una siesta en el primer módulo de Filosofía...
Mandar a la portera comprarnos galleta en la Supervisión para el primer recreo... y lograr el permiso de Celia, la preceptora, para ratearnos el segundo módulo, así nos vamos a tomar unos mates a lo Khalil, que vive a pasitos.... y si hay auto, mucho mejor, así nos vamos a dar una vuelta por el parque...
El parque! en invierno voy bien temprano, a tomar mates de té... en primavera me quedo hasta la nochecita, sintiendo el abrazo del terruño, y de ese verde orgulloso que tiene mi cuidad....
Llegar a casa y tener el almuerzo servido y calentito... engullir y dormir una siesta... despertar e ir a tomar la merienda... siempre haciendo ruido, con música de fondo.
Planificar orgías numerosas para los viernes... y salir bien perfumado con la campera de corderito, a tomar mucho...caminando. Caminando sí, porque no tengo miedo, porque en mi pasado los chorros no existen, no existen los arrebatos.... qué mierda! no existe el miedo...
Porque en mi pasado la vida se traga rápido, y se saborea poquito...
Pero es así.
Hoy empiezo a cumplir con un número par delante...
Le digo chau al pavo. 

lunes, 12 de marzo de 2012

Argentina Federal: El traspaso del subte.

La República Argentina es federal. 
Entendemos como federal una repartición de Estados autónomos que delegan ciertas dimensiones de su poder soberano, en un Estado Central que centraliza las funciones delegadas en representación del conjunto.
Lo declara la Constitución Nacional, la piedra de toque de todo el ordenamiento jurídico nacional y, con ello, la última palabra, sobre todo en materia de institucionalidad. El título segundo de la Segunda Parte de la Carta, estipula que las provincias ejercen todo el poder que no han delegado al Gobierno Central, por lo cual, los estados que conforman la República Argentina, son AUTÓNOMOS, es decir, se autogobiernan. Eso es lo que estipula el resto del articulado que comprende el mentado título. Históricamente, el Gobierno de la República coincidió en la Ciudad de Buenos Aires, en herencia de que las entidades metropolitanas durante la época colonial, habitaban allí. 
Cuando comenzaba a delimitarse la traza institucional, el conflicto no tardó en llegar. Las provincias veían con desaprobación el hecho de que la Ciudad monopolizara el poder político y económico, a través de la explotación del puerto porteño y la Aduana principalmente. Los beneficios resultantes eran recaudación exclusiva de la Ciudad, pese a que aquel era el único puerto internacional del país, ya que el comercio por puertos del Interior estaba prohibido. En suma, toda clase de exportación tenía trabas considerables: Por un lado, la Capital imponía el modelo librecambista y, con ello, a través del cobro de derechos de exportación abultados, evitaba la exportación de manufacturas provenientes de la región norteña, para garantizar a la Corona Inglesa que sólo consumiría manufacturas de esa procedencia, a cambio de ubicar los productos pecuarios de la oligarquía porteña. Por el otro, imponía gravámenes aduaneros fronterizos a la materia prima proveniente de otras provincias (el Litoral) que, además de dichos impuestos, debía costear transporte para llegar al puerto metropolitano (ya que no podía comerciar en sus propios puertos), con lo que el precio de su producto era más alto y no podía competir. Avellaneda dictaminó que era preciso federalizar la Ciudad, por lo que la emancipó de la Provincia de Buenos Aires y dispuso que el Presidente de la República gobernaría la Ciudad. Los porteños se resistieron a la emancipación y federalización, porque ello significaba la pérdida de autonomía y exclusivismo de las recaudaciones comerciales.
Desde Mitre en adelante, se hizo obvio que el crecimiento de la ciudad era desproporcionado con el del resto del país. Así las cosas Lanusse llegó a advertir que era propicio trasladar la Capital fuera de la Ciudad, para alivianar el denso atolladero institucional y poblacional, que traía como corolario el amontonamiento de la producción en esa zona. Alfonsín hizo varios pasos en esa dirección, promoviendo "ir al Sur", para lograr, a su vez, el desarrollo de la Patagonia, y huir de las influencias de poder real que siempre se han ubicado en los pagos porteños.
Así las cosas, una suerte de Alcalde o Intendente era designado por el Presidente para el gobierno de la Ciudad, hasta que la Reforma Constitucional de 1994 determinó que los porteños tendrían una trama institucional propia, es decir, eleccionable.
Así nació la Jefatura de Gobierno porteña y el resto de las autoridades. Y nuevamente quedó difusa la zona de competencias de las autoridades metropolitanas y federales.


El artículo 129 del texto Constitucional establece que La ciudad de Buenos Aires tendrá un régimen de gobierno autónomo, con facultades propias de legislación y jurisdicción, y su jefe de gobierno será elegido directamente por el pueblo de la ciudad. Sic.
Queda claro entonces, que la autoridad porteña, por mandato constitucional, se hará cargo de las funciones que atañen a su autonomía. Ergo, tras la reforma, se dispuso un plan a largo plazo de traspaso de todas las competencias que ahora volverían a la órbita de la Ciudad, como ocurre en cada Municipio de la República que administra diversos aspectos de su vida cotidiana.
Lo cierto es que el traspaso de derechos sobre materia tributaria y demás beneficios en general, fueron trasladados con mayor celeridad que las obligaciones que corresponden a la autonomía de la Ciudad.
Actualmente, el subte, que por cuestiones geográficas, para empezar, entra dentro del radio de la ciudad, está siendo objeto de controversia. 
El transporte en cuestión (primero de Iberoamérica), es materia de jurisdicción exclusiva de la Jefatura de Gobierno, pues así ha sido determinado por las normas constitucionales y, además, las leyes ordinarias. 
Así es que se vuelve inobjetable el hecho de que la Ciudad de Buenos Aires debe hacerse cargo del subte, por qué? porque así fue decidido Constitucionalmente, en atención a las demandas de autonomía que los porteños han  venido produciendo desde antaño. 
Al margen de toda consideración del tipo política, que puede versar sobre la necesidad de achicar el déficit del Estado Nacional, etcétera, el mandato constitucional ES CLARO. El subte pertenece a la Ciudad. Más allá de que Cristina busque sacárselo de encima, que aquello no tape el bosque: La presidenta está jugando una carta que puede. Y el Gobierno de la Ciudad no puede evitarlo, pues contradice, además del propio discurso, el discurso de la Ciudad desde años y años de demanda de autonomía.
Hay un argumento: La cuestión de los recursos. Es cierto, el subte es plenamente deficitario por lo que la inyección de subsidios posibilita la manutención del mismo. Y bien, hago lugar a lo que dice el PRO: "No pueden tirarnos el subte sacándonos el subsidio. Debemos aumentar la tarifa". El aumento de la tarifa repercute sobre los usuarios, que se fastidian con el Gobierno Nacional por haber removido el avispero (vivo Macri en cuestión de medios). No obstante, es cierto que quitar el subsidio significa un resentimiento en el bolsillo de los consumidores que no está bueno. Por lo tanto, apoyo la moción de que el estado siga alivianando el boleto. Y aún que lo haga con recursos federales. Es que hay otro argumento que reza que cómo el resto del país debe mantener un servicio que sólo esta en la Ciudad. Bien, el espíritu de la cooparticipación es que, solidariamente, las provincias contribuyan con su dinero a gastos propios y ajenos. Es bien cierto que con los fondos cooparticipables se mantiene un Subte en la Capital, y se hacen viviendas para gente que no conoce la rueda en el Norte. Pero bien, aún así, decidamos que es propio que el Estado siga colaborando con el Subte, pese a las inequidades del asunto. En definitiva, así es la cooparticipación.
Todo esto lleva a la conclusión de que el Subte, de la manera que sea, parcial o totalmente subsidiado su boleto, debe ser administrado por la Ciudad. Porque así hacen el resto de los Municipios con sus servicios, sin quejarse.
El hecho de que el macrismo reniegue del subte no tiene otro motivo que ese: no quieren hacerse cargo de una bomba a punto de estallar, de un potencial Once. Lo de los recursos es una falacia, puede solucionarse. Lo que es intolerable es que un Jefe de Gobierno, una Autoridad de la República, se proponga burlarse del resto de los argentinos negándose a hacerse cargo de lo que, por más patáda en el hígado con intencionalidades políticas sea por parte de la Presidenta, le corresponde.
Porque no podemos tolerar que Macri, con su formación de Estado mínimo que se saca de encima lo que puede costarle trabajo y dinero, se ría de la Constitución y toda una historia de federalismo.
Los porteños deben conocer que sobre este aspecto versa el odio visceral que algunos provincianos le tienen: No hay ninguna exclusividad para ustedes. No somos ciudadanos de segunda, sino que simplemente todos los beneficios de la Ciudad nos fueron arbitrariamente negados durante doscientos años de monopolio de la Capital. Nos hacemos cargo de nuestras obligaciones y de nuestros derechos, y hacemos pininos para llegar a fin de mes. Tenemos gente analfabeta y con hambre y no sale todos los días en las noticias. 
Somos iguales que ustedes, nos tocó vivir en este país difícil. Pero seguimos poniéndonos la camiseta.
Hágalo una vez, tomen el subte en silencio. Y vean que se siente hacerse cargo de todo con un presupuesto magro, sin alharaca en la televisión.
Se llama gestión.
Para eso están los políticos. Para eso los votamos.

jueves, 9 de febrero de 2012

El desempeño del fuero penal en Gualeguaychú. (Catársis con poco rigor científico y mucho de Doña Rosa)

Gualeguaychú es una ciudad que enorgullece. Pero hay algunas cosas que todavía denotan un atraso tan agresivo, tan profundamente retrógrado y reaccionario, que logra echar por tierra todo tipo de avance que la ciudad realice en otros aspectos.
No es ninguna novedad, ni una tipicidad propia de esta ciudad en particular, el hecho de que el tercer poder se comporte de manera irregular. De qué se trata esa irregularidad? No estoy hablando simplemente del hecho de que los "culpables estén sueltos", no. Conozco perfectamente cuál es la diferencia entre una Justicia eficaz y una Justicia efectista. El distingo breva en que la primera conoce de todos y cada uno de los pasos del ritual, y logra llegar verdaderamente, en el marco de la mayor celeridad posible, a la resolución JUSTA del caso, conforme al orden jurídico vigente y todos los principios que lo iluminan. La segunda, sólo persigue la conformidad de la sociedad, y es la que larga prisiones preventivas por todas partes, previo aviso a los medios, para demostrar cuan rápido ha sido el desenvolvimiento del juez obrante. Después, cuando el caso ya ha dejado de ser importante para la prensa, el magistrado no tiene otra que revocar la preventiva pues aquella solo puede ser sostenida con justificativo suficiente y por un espacio de tiempo reducido. Pero de eso ya nadie se entera, todos quedaron chochos creyendo que todo acabó allí, con el apresamiento de un perejil. 
Amén de otras distinciones que diferencian la una de la otra, creo que ya es suficiente para demostrar que me enrolo dentro de la Justicia efectiva. Y recuerdo que efectivo no quiere decir que produzca los efectos deseados. Efectivo es que, el proceso en sí mismo, tenga la vocación de la verdad y la resolución del caso. Y obre a Derecho.
Bien. La Justicia es, como ya todos saben, un poder casi aristocrático, lleno de privilegios (constitucionalmente otorgados, como ser la vitalicidad, los sueldos altos, la garantía de permanencia en el cargo, etcétera). Y ello ha resultado en esa "gerontocracia judicial", donde solemos ver magistrados que ya están varios decenios por encima de la edad del retiro, algunos con la razón percudida y los valores bastante gastados, administrando uno de los pilares más importantes del estado de derecho.
Me detengo en "los valores gastados". Y es lícito hablar de que hay sistemas de valores que ya han caído en el más profundo anquilosamiento, puesto que la sociedad ha avanzado en ciertos aspectos donde anteriormente predominaba la oscuridad.
Hay jueces que suscriben a un sistema de valores tan retrógrado, que pierden con ello todo derecho al cargo. Ejemplo de ello: los jueces que aún no han sabido imbuirse de una perspectiva de género. Parece increíble que haya fallos por toda la Argentina que no reconozcan el reclamo de una niña víctima de estupro, por creer que ella consintió la relación, o porque ella "tenía una actitud o ritmo de vida que permitía inferir que sería atacada en su pudor". Estos jueces (que, vaya paradoja, no siempre son hombres), atacan con virulencia a la mujer por creerla única responsable de la violencia que se les inflige. Se enrolan rápidamente dentro de los comentarios del tenor: "ella se lo buscó", "algo habrá hecho", "debería haberse escapado a tiempo". Pues bien, señores, empiecen de una buena vez por todas a saber, que la mujer que sufre la violencia de género no es una víctima eventual. Es una persona que ha venido siendo atacada en su personalidad, sustraída de sus mecanismos de defensa, disminuida en su personalidad y rebajada su moral. Ella es una víctima de género porque hay quien se ha aprovechado de circunstancias de subordinación, arraigada en la relación patriarcal de mando y obediencia que ha existido entre los géneros. Hay allí algo más que el daño provocado al momento de producirse el delito, ha habido toda una situación previa que ha llevado a creer a la mujer que lo que le sucede no es evitable. Las víctimas de violencia de género son, por definición, mujeres que han sido atacadas por ser mujeres. Y ello implica, precisamente, que el género, como un determinismo cultural, es el móvil (motivo), del ataque sufrido. En pocas palabras, ése hombre le pegó, la mató, la violó, porque se cree con derecho a hacerlo. Porque la mujer es inferior, débil...
Lo que me mueve a esta especie de catarsis, es la noticia http://www.eldiadegualeguaychu.com.ar/una-joven-fue-salvajemente-golpeada-y-habria-senalado-a-su-pareja-como-agresor/ de una joven que fue atacada por su novio. El juez, que recibió la denuncia de la víctima (lo que no siempre es fácil de lograr), de manera inmediata, y con la incontrastable prueba de los visibles daños físicos sufridos más el examen ginecológico en mano que evidenciaban la violación, mandó allanamientos inocuos y no ordenó la captura ni la citación del denunciado. ¿Cuál es la justificación? ¿La presunción de inocencia? En efecto, el apersonamiento del sujeto sindicado como agresor frente al magistrado, no adelanta criterio alguno sobre la dirección a tomar. Parece increíble que una víctima que procuró llevar a cabo todos y cada uno de los pasos recomendados, deba soportar el manoseo no sólo del victimario, sino también de quien es responsable de sus derechos y garantías.  Seguramente existan motivos que el juzgador haya tenido en consideración al momento de no considerar oportuna la captura del delincuente. Se me ocurre esbozar que el juez ha considerado que los hechos pueden haberse dado en un contexto de pareja y que, por lo tanto, hay una repartición de la culpa entre víctima y víctimario. Quizás yo prejuzgue. Pero me cuesta entender que no haya, minimamente, una indagatoria al acusado. Lo que yo sé es que la Convención Americana de Derechos Humanos, interpretada por la jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, es que los Estados tienen tres tipos de obligaciones emanadas de dicha Convención: 1) respetar (el Estado no debe intervenir en la conculcación de derechos), 3) adoptar medidas que allanen el cumplimiento y 2) garantizar el goce y ejercicio. La obligación de garantizar comprende prevenir las violaciones a DDHH (derechos humanos), en la medida que sea posible, y dos obligaciones claves y subsidiarias entre sí:
INVESTIGAR Y SANCIONAR, la "obligación procesal" de los Estados, (interpretación del Tribunal Europeo). Ambas constriñen a los Estados a investigar poniendo efectivo interés, independientemente de la iniciativa procesal de la víctima o sus representantes, de motu propio, las violaciones de DDHH ocurridas en la jurisdicción de ese Estado. Compete también, encontrado culpable después de ser debidamente procesado sancionar al responsable.
De lo contrario, el Estado, al incumplir la obligación de GARANTIZAR en estas dos dimensiones, habrá sido   en cierto sentido, tolerante con quien violó el derecho pues, el no ajusticiamiento de los culpables califica tolerancia con los mismos.
No nos hemos de olvidar tampoco, que en el particular (violencia de género), la víctima que es desconocida en su reclamación, o que es sometida a destratos, olvidos, juicios de valor, por los funcionarios estatales (comprendidos allí los de la justicia), está siendo nuevamente víctima de una violación de género. Estamos frente a la REVICTIMIZACIÓN. Señores, ilústrense, cuando decimos "SE LO BUSCÓ", y lo hacemos desde los estrados mismos de la Justicia, estamos comprometiendo la responsabilidad internacional del Estado.
En Gualeguaychú han ocurrido casi una veintena de crímenes por distintas razones. Pocos de ellos, a propósito de un conocimiento casi acabado de los hechos (la ciudad es chica y los testigos no suelen faltar), han terminado en una justa sanción de los responsables. La probation es repetida aún en circunstancias donde se puede delimitar claramente a los culpables y su parte de participación en el delito.
No se trata de mano dura, sino simplemente de, una vez individualizados los culpables, cumplir la Ley. Sancionar e Investigar son deberes del Estado. Y la razón de ser del Poder Judicial.

lunes, 6 de febrero de 2012

Sandrito de América

En Gualeguaychú hay cien mil habitantes. el 95% debe tener perros. De ese 95%, como ocurre en todos los casos, seguro hay un 15% que los abandona.
Esos perros abandonados tienen una última esperanza.
Está la perrera municipal, que cualquier ciudad más o menos humana posee. Ésta institución comúnmente se caracteriza por su destrato, la crueldad hacia los canes y su política de exterminio rápido para obtener mayor capacidad de recepción de animales a los cuales eliminar tres días más tarde. No es el caso en la perrera de Gualeguaychú, donde puedo aseverar que las cosas se manejan mejor que nunca. Hoy día los perros están bien cuidados, bañados, desparasitados por dentro y por fuera, comidos y mimados. Aceptan cuanto perro sin patas, sarnoso, moribundo y descuajado aparezca, y lo tienen impecable y repuesto, algunas semanas más tarde. Lo mejor: no se les pasa por la cabeza matar alguno. Han desarrollado un trámite burocrático a fin de garantizar que el animal que es retirado no vuelva a estar en la calle nuevamente, porque sus adoptantes se arrepintieron de él. Así funciona: se asienta la identidad del can y del sujeto que lo adopta (mayor de 18 años). Posteriormente, de encontrar el perro nuevamente tirado en la calle, la Perrera tiene datos suficientes y prueba incontestable para accionar contravencional y/o penalmente contra el sujeto que adoptó el animal. Es que es una presunción muy difícil de derribar el hecho de que aquella persona abandonó el perro, puesto que a través de declaración jurada efectuada al momento de retirarlo de la perrera, lo declaraba como objeto de su pertenencia. El abandono del can tipifica un delito contravencional en varios municipios e inclusive penal o civil (con una inteligencia acertada de los códigos respectivos), toda vez que es un objeto abandonado (para el Derecho el perro es una cosa), que es susceptible de producir daños al espacio público y privado. Hay normas ejemplares que reconocen el rasgo humanitario de la cuestión, por lo que apartan el simple tratamiento de una cosa y profundizan en el aspecto de la crueldad de quien abandona. En fin, bravo a este sistema que permite castigar lo que comúnmente es una costumbre despreciable, pero tácitamente aceptada.


Más laudable es el hecho de que hay personas que han decidido alivianar la situación de la perrera (imagínese lo oneroso que es procurar la manutención de varias decenas de perros, con una magra contribución estatal). "Patitas" es una ONG que desde hace un tiempo recibe un buen caudal de animales abandonados y les da un tratamiento tanto mejor que la perrera, financiándose con la contribución privada de sus asociados y un subsidio municipal.


Pero lo que mayor impacto me produjo, fue un matrimonio que se encarga de esa tarea casi totalmente con su patrimonio. Ellos conforman "El Refugio" y tienen alrededor de cuarenta perros adultos, bastante castigados, pero gordos, felices y sanos.


De todo esto me enteré cuando por encargo de Delfina, mi hermana, tuve que conseguir un perrito "chiquito, no muy grande", para que la acompañara en la soledad de su minidepartamento con patiecito (un logro que la tiene orgullosa, lo del patio), en Capital Federal.
Así que anduve recorriendo los refugios para canes en mi ciudad, y me enteré de todo esto. No te hace un activista ni un hombre súpersensible hacerte cargo de tu perro. Sea por las dos interpretaciones: es una cosa de tu propiedad, o es un animalito con rasgos de humanidad que te da afecto y contención incondicionales y vitalicias, querelo, cuidalo, y respetalo.


Y Sandrito estuvo con nosotros una semana, y nos cambió la vida. Anduvo por toda la casa, durmiéndose en rincones que ni nosótros sabíamos que existían. Llenó todo de pulgas y se comió lo suyo, lo del gato y lo del otro perro (Kun Kun, el labrador histórico, que lo celó furiosamente). Nos dio el cariño que tiene un perro de la calle: avasallante y constante, por las dudas que se te ocurra dejarlo nuevamente.
Yo me asombro de su suerte, entre siete hermanitos, quedó seleccionado para saltar de una ranchada a orillas del Gaitán, en el medio del monte y al margen del ejido urbano, sin comida y con la sarna al acecho, al ruido de una actriz rubia, veinteañera y soltera, en su departamento de Defensa, en el corazón de San Telmo. Nunca se olvidará de sus raíces charrúas, Sandrito. Porque él conoce el Hambre. Y los que conocen el Hambre de veras, tienen mucho cuidado de olvidarse que pueden volver a él tan rápido como el destino agarre una curva cerrada, en la ruta desconocida de la vida.


Sandro, la adquisición.


La actriz, propietaria,

miércoles, 4 de enero de 2012

Tardía revelación


En rigor de verdad, viene trabajando hace mucho. El batacazo lo dio recién este 2011, con su álbum "21". Y es que esta británica tiene apenas 21 años.
Yo la descubrí los primeros días del 2012, así que lo hago tardíamente. Me la presentó el Khalil, que la escucha su novia. Adele tiene una voz personalísima. Aunque todavía siento el luto por Amy Winehouse, (británica también), puedo relajarme un poco porque el soul está en buenas manos.
Dicen que empezó a escribir porque un novio la dejó. Eso no lo sé. Y aunque la encontré tardíamente, nunca mejor dicho "Más vale tarde, que nunca".





Gualicho (los que no creen en esas raras costumbres de la gente del Interior, abstenerse. A ver si se van a andar mezclando con tanta bárbara superstición)

1
Aristóbulo Allende salió al patio de la casa en cueros, porque hacía ese fuego húmedo de los primeros días de noviembre, a las tres de la tarde, cuando el sol raja la tierra dura, en la estación seca de Isla Esperanza. El río estaba pesado y quieto, tanto que, pese al calor, no daban ganas de zambullirse. Hasta el lorerío se había quedado en silencio, y Aristóbulo sentía que lo observaban, que la naturaleza entera parecía estar esperando el acontecimiento. En “El Rosal”, el lote de los Allende, hacía mucho tiempo no pasaban cosas. Pero hoy todo estaba tan endomingado, tan expectante, que Aristóbulo sentía que él iba a dar la función para la cual las localidades, llenas, se habían vendido con mucha anticipación.
Buscó un pico en la casilla de las herramientas, pero sólo encontró una cuchara de albañil puntiaguda. Miró alrededor y comprendió que le demandaría mucho tiempo encontrar algún adminículo más idóneo. Y la tarea había que hacerla rápido.

2
Todo empezó varias semanas atrás, con los sueños: Primero serpientes gordas y venenosas, con tres o cuatro cabezas, dientes gigantes y ponzoñosos.  Con miradas lascivas, ojos de ser humano inyectados que lo miraban amenazantes, perversos.
Luego llegó el turno de las ratas. Ratas deformes y peludas, dientudas y sucias, que lo perseguían buscando contagiarlo de alguna enfermedad que le pudriría la carne, mientras su madre, doña María Eva, acomodaba los canteros de la casa en Esperanza.
Finalmente fue un castor, que luego fue perdiz, luego liebre, y luego terminó siendo una niña.
Él no se lo explicaba. Sentía que había algún mensaje implícito, pero no sabía de la significación de los sueños predictivos. Tampoco jugaba a la quiniela por lo que, el número de timba de los bicharracos le parecía indiferente. Además, ¿qué bichos eran esos? Tenían rasgos tan desconcertantes,  no podía clasificarlos en un tipo animal. Parecían más personas, o demonios.
Pero siempre había una constante: lo miraban. Querían decirle algo.
Le contaba a Eladia, la curandera zen que le subalquilaba la pieza cerca de Tribunales de Talcahuano. La vieja no le prestaba ninguna importancia. A ella siempre le daba por los cambios que estaban sucediendo, la profecía de los mayas, las almas inferiores, la composición de los seres... Y siempre terminaba con su teoría sobre el enderezamiento de la Tierra.
No había respuestas.
De a ratos recordaba su casa en Esperanza. No la habían vendido porque Mami aún estaba allí. Sus hermanas Blanca y Erminda esperaban que la doña se viniera a vivir a Buenos Aires, para evitarse las miradas inquisitivas de los esperanzenses cuando iban a visitar a su madre. Ellos se habían quedado, y ellas se habían ido. Los hermanos Allende se creían mucho para Esperanza, pensaban los pueblerinos. Y algo de razón tenían. María Eva Durante se negaba a vender la casa. Blanca había consultado una y otra vez con las inmobiliarias, y con la venta de la casa, más un crédito pagadero en cuotas que sobrevirían a Mami, podían comprar un buen departamento en Núñez (a la vieja la querían más cerca, pero no tanto). Doña María Eva detestaba Buenos Aires, cada año viajaba menos a ver a sus hijos, y cada vez estaba más achacosa.
Pero Mami mentía cuando arguía que los porteños eran fríos y odiosos, que el clima del delta entrerriano le sentaba mejor, y la mentira más grande, que su gente y sus cosas estaban en la Isla, (pues lo cierto era que muchos se habían muerto, o que la inercia los había vencido y huían de las tiranías del delta para afincarse en el terreno un poco más seguro de Villa Esperanza, la parte continental). Mami se negaba a vender aquella casa que tanto le había costado construir junto a su esposo. Ella sentía que en algún rincón de ese lugar vivían los recuerdos del pasado menos hostil, cuando sus hijos aún eran niños y no tenían ambiciones, y su marido, Serafín Allende, todavía disfrutaba de su compañía. A María Eva Durante se le partía el corazón de saber que su casa, producto de tanto dolor y trabajo, era tan poco valorada por las inmobiliarias porteñas. Ella veía en aquel semirrancho un chalet modesto; en las paredes descamadas, el blanco primigenio; veía los marcos enteros y no carcomidos; las tejas enteras y no partidas; el jardín prolijo y no el matorral que se venía por todas partes. Ignoraba las goteras, los hoyos en el suelo, la humedad de la loza…
Cuando Aristóbulo recordaba su casa, era precisamente aquel jardín, tan inmaculadamente protegido por Doña María Eva, el que se repetía una y otra vez en su mente.

3
Un martes, mientras paseaba por Santa Fé mirando ropa que no podía comprar, le vino a la mente el recuerdo de aquel día en que su padre le pidió ayuda para instalar el macetón gigante de cemento que se había traído de la casa de Tía Bertha. El macetón había llegado a bordo de un pontón, que demoró varios minutos en cruzar, peludeando para no hundirse. Don Serafín logró ponerlo trabajosamente al medio del jardín, como pedía su mujer. Sólo después de haberlo depositado, y al darse cuenta de que nunca más podría moverlo, las protestas de doña María Eva le habían dejado ver que el querubín obeso que se sentaba al borde de la maceta, daba, muy orondo, las espaldas a la Catedral.
Luego de recordar el incidente decidió ir a comer a casa de su padre en Acasusso, pero sólo logró cruzar dos palabras mientras María Elena, la segunda esposa, los interrumpía a cada rato comentando la nueva estúpida hazaña de sus caniches. Mientras volvía en el tren tenía la imagen fija de su padre aquel mediodía, ya vencido por las canas. Y extrañamente, se le cayeron algunas lágrimas pues, se arrepentía, como luego de cada visita que le hacía a Don Serafín, de no haberle dado un abrazo grande a ese viejo, enjugándole la culpa de todas sus macanas.

4
Ya en su casa, recordó a Doña Carmen Montalván, (la esposa del doctor Montalván, el odontólogo de Villa Esperanza), una mujer rubia y despampanante, que procuraba sin éxito pasar desapercibida mientras fisgoneaba intensamente a cualquier miembro de la familia Allende.
Su madre detestaba a aquella mujer, y le había prohibido a sus hijos dirigirle alguna vez la palabra.
Recordó Aristóbulo sólo dos veces estar en compañía de Mami cuando, sorpresivamente, las dos mujeres se encontraron en el pueblo: una vez, en la cola del almacén, otra, a la salida de la Iglesia. En ambas oportunidades, Doña María Eva había huído despavorida. Luego, una fuerte discusión y Serafín Allende durmiendo en la cocina. La histeria le duró a Mami varias semanas en ambas ocasiones.
Aristóbulo también recordó al hijo del doctor Montalván, Fernando Montalván. El niño lo miraba con un odio visceral que a Aristóbulo le producía pavor. Su hermana Blanca, la mayor, tenía la misma edad que Fernando, pero nunca habían jugado juntos.
Se parecían tremendamente en lo físico.
Era vox pópuli que Carmen Denis y María Eva Durante se habían casado embarazadas, y todos imaginaban, por las características físicas, que el hijo de la primera, no era de Montalván.
Aristóbulo siempre evitaba pasar por el consultorio Dr. Fernando Moltalván e hijo,  cuando llegaba a Villa Esperanza.

El miércoles pidió el resto de la semana en el Juzgado, y se fue el jueves temprano a Esperanza, para hacer algo que todavía no sabía bien qué era.

5
Munido con su cuchara de abañil, Aristóbulo enfiló directo al macetón, pero tomándose su tiempo para llenar aquel trecho con algún recuerdo que le diera sentido.
Cuando pasó por el lapacho, se vió en uno de los tantos campeonatos de tennis que hacía con su familia…
En donde ahora había una yuca, recordó ver a sus padres tomando mate; ella leyendo, y él escuchando la radio. Así compartían el tiempo los últimos años, sin mirarse. Tan lejos estaban las charlas, los proyectos de arreglo a la casa, y las caricias mientras sus hijos chapuceaban en la playa.
Observó el rincón debajo de un sauce donde, de jovencito, se sentaba a soñar con el día en que, siendo un abogado reconocido de la Capital, recordara su infancia triste como el reverso de la hoja.
El macetón también había envejecido: el querubín había perdido varios rulos y una pierna, y los varios rajos no cedían pues todavía estaban unidos por un palam-palam que todo lo atravesaba.
Aristóbulo sólo necesitó hacer fuerza con las manos para derribar los primeros cascotes, y luego empezó a repartir puñetazos con la cuchara, hasta que logró abrir un agujero en la base del macetón. Comenzó a cavar con una palita de jardín que su madre había dejado por ahí tirada hacía algunas semanas.
Sacó un terrón duro y comenzó a despedazarlo con las uñas.
Cayó un cartucho de papel.
Lo desenrolló.
Aristóbulo leyó las primeras líneas de la maldición, y luego se llevó la mano a la boca para contener el vómito.

6
Despertó en el hospital de Villa Esperanza. Las mujeres Allende lo miraban desencajadas. Cuando lo vieron despertar, María Eva y Blanca salieron torpemente de la habitación. Así lo habían convenido algunos minutos antes, pues Erminda era la que más competencia tenía para explicarlo, dadas sus condiciones para los temas sobrenaturales, astrológicos o demoníacos.
Erminda Allende hizo una larga descripción de hechos: Heredia Peñaloza, la curandera del pueblo,  había acudido en su lancha ambulancia, que guardaba para urgencias, y había deshecho el “trabajo”.
Ninguna de las Allende quiso saber quién era el hacedor del maleficio.
Parecían conocer la rubia y despampanante procedencia.
Heredia explicó que la familia estaba maldita, que cada uno de los integrantes estaba nombrado, que los papeles hablaban de “desunión”, “depresiones”, “problemas económicos”, “temor”…

Después de haber sabido lo suficiente, y haberse repuesto de la cagantina, Aristóbulo se volvió a Buenos Aires el domingo por la mañana.
El lunes le comentó a Eladia. Ella, que era la supuesta erudita en aquellos temas, no pudo darle mayores explicaciones. Al contrario, sólo se compareció de su infortunio y reveló casi accidentalmente que tenía alguna hermana no reconocida.

Aristóbulo Allende decidió que no podía culpar al maleficio de todo su infortunio. Le daban impotencia todos aquellos años malditos en su vida, donde Marta, el amor de su vida, lo había dejado una y otra vez, donde su trabajo era una decepción, donde nunca lograba recibirse, y donde su padre se ponía viejo sin poder obtener el perdón de sus hijos.
Aristóbulo no quería crearse falsas expectativas. No quería hacerse la ilusión de que mañana todo cambiaría, y llegaría la felicidad total, pues ahora su voluntad se hallaba libre de la magia negra.
Pero era imposible que aquello no sucediera.

Pensó que cuando volviera a pasar por el Colón, le devolvería la sonrisa a esa bailarina rubia que tomaba el 67 todos los días a la misma hora que él iba a Derecho.
Y pensó que alguna vez le dolería una muela, de estadía en Esperanza.

Tal vez, todo podría ser mejor ahora.
O tal vez no.



Tal vez suene referencial, tal vez haya más de ficción que de realidad. Pero alguien encontró un gualicho realmente. Y yo no sé guardar los secretos.

lunes, 2 de enero de 2012

Densidad nacional. Modelos de país

Sobre la densidad nacional argentina
Es necesario antes de exponer en lo que sigue, que la idea “densidad nacional” como el presupuesto hipotético que da arranque a la pluma de Ferrer, es de vaguedad y ambigüedad notables. Pero necesarias.
En los límites casi inexistentes de este concepto, se juntan, a mi criterio, varios elementos cuya enumeración resultaría tediosa para todo desarrollo.
La necesidad de fronteras difusas del concepto en cuestión, breva precisamente en que cualquier intento de definir el alcance del mismo mutila la incontable cantidad de supuestos que pueden subsumirse en él.
La densidad nacional, aunque resulte tautológico, es inherente a una Nación en particular y varía en contenido (no en significado) a cada Nación.
Ergo, la densidad nacional argentina es la que interesa, y puedo decir que, como todo lo que producimos por estos lares, es exclusiva y llama la atención.
La densidad nacional en sentido lato es, a mi criterio, la idiosincrasia de un pueblo, el inconsciente colectivo, la cohesión que une la mixtura si la hay, el ideario que forma los sentimientos de patria, el simbolismo, su lenguaje, su religión común, la historia que los une y la cosmovisión propia del conjunto de ciudadanos. La densidad nacional es, en definitiva, la conjunción de todos estos elementos; una amalgama que caracteriza a una Nación y que permite verla como un todo que define a sus partes.
Ya adelanté que la densidad nacional argentina reviste una tipicidad digna del análisis de Ferrer y unos cuántos. Y es que en nuestro país, esta amalgama, el conjunto de todos aquellos ingredientes que permiten un todo armonioso, no se termina de dar aún. La falta de armonía en la densidad nacional argentina es su característica principal: se advierten grupos sociales divididos en constante choque por la diversidad de sus intereses. No se logra la consecución de un fin común, porque aquel fin común no existe o siempre hay quien gana en el tironeo y disfruta del poder sin repartir las ganancias del mismo.
En todos los países del mundo, las densidades nacionales han sufrido momentos de choque entre diversidades. La trayectoria democrática es un factor relevante en la consecución de una densidad nacional “armónica”.  
Actualmente está instalada y comprobada la idea de que la forma democrática de gobierno, logra que los sectores de la sociedad que permanecen en pugna, se hagan escuchar en los parlamentos nacionales. El resultado, en lo teórico, sería siempre un equilibrio frágil denominado “consenso”. El consenso es frágil por naturaleza pues se forma de diferencias irreconciliables que ceden en parte y a regañadientes, por obtener la misma cuota de lo que ceden en lo que desean. En la democracia parlamentaria europea, el consenso cobra virtualidad, según Rosseau, entre dos polos opuestos que logran aglutinarse partiendo de las diferencias respecto de un tercero.
En la Argentina, la representatividad (característica inescindible de la democracia), es crítica. Es importante e interesante el artículo de Carlota Jackish para La Nación: “La crisis de representatividad”.
Los grupos sociales rara vez logran identificarse con sus representantes y esto es porque la clase política argentina difícilmente presenta sus intereses de forma descarnada. Al contrario, las campañas políticas ensalzan al candidato como una figura popular y progresista. Los jingles de campaña al ritmo de la cumbia son ejemplo típico. No obstante, las patas de la mentira en campaña se han ido acortando últimamente: aunque Macri baile y cante Gilda… en el fondo sigue siendo el que alguna vez acusó “una inmigración descontrolada”, sin cuidarse del gesto de asco que utilizó al pronunciar la frase.
Esto resulta en que el poder político, en última instancia, está en varias manos que siempre responden a los grupos con mayor poder real. Los otros quedan afuera.
La llaga en carne viva de la Nación Argentina.
“Los otros” en la historia argentina
En la Argentina siempre estuvieron los otros. Los no invitados a la cena.
Los aborígenes: La desigualdad nació desde la Colonia. Cuando los virreinatos, y mientras su producción fue útil, el indio trabajó a sol y sombra para que el huinca se haga de su fetiche maldito: el oro.
Cuando España sorbió las últimas gotas de oro y plata deshinchando los cerros preciosos, el indio fue molesto e inservible. No le quedó otra que refugiarse viendo como sus tierras eran apropiadas, sin permiso, por la Corona Católica de España.
La escasa población aborigen que residía en el país, se escondió en el altiplano, las selvas misioneras, y el frío de la Patagonia. Los Pampas y Charrúas, entre otros habitantes de la llanura, resistieron en malones. Hasta la campaña del Desierto que tuvo como vocación  extender la frontera agrícola para profundizar el modelo agroexportador. Al paso, redujo la población indígena al mínimo en un genocidio brutal. La exclusión del aborigen es un rasgo que se arrastra desde entonces. Viven en el hacinamiento y la total desprotección.
El gaucho: El gaucho argentino era bárbaro y no trabajaba, añoraba la época en que podía vivir de la huerta frente a su casa, mientras se dedicaba a tocar la guitarra. Por naturaleza era enamoradizo e infiel. Andaba siempre de pelea en pelea. Una maestra llegó a decirme en la primaria, que cuando los gauchos querían comer lengua de vaca, mataban al animal, le cortaban la lengua y dejaban el resto pudriéndose al sol. Otro día gustaban rabo, lo mismo, etcétera…
Lo cierto es que esta enseñanza, y la visión peyorativa del gaucho, devienen de la intencionalidad política con que se elaboró la historia argentina, (que dicho sea al paso, fue escrita entre otros, por uno de los grandes actores en el proceso de “Formación del Estado Nacional”, Bartolomé Mitre), que dejó en el inconsciente colectivo la imagen del gaucho como un vago inútil. Sin embargo sirvió de mucho en el “Marketing” con que la Argentina del Primer Centenario se presentaba al mundo para colocar sus productos, de ahí que el ruralismo nacional emula la vestimenta propia del gaucho matrero… a tanto tiempo que ha pasado, la licencia está permitida.
El inmigrante I: Ya más tarde fue el turno de los inmigrantes. Una horda hambrienta de españoles, italianos, polacos, alemanes, vino invitada por Sarmiento y Alberdi. Lo cierto es que el inmigrante descripto en las “Bases…” desentonaba con el harapiento visitante socialista. Buenos Aires se vio superpoblada, comenzaron las villas y los conventillos (una realidad que subsiste), formando el cordón de aquellos que se azotan contra el muro de la discriminación y la desigualdad, cuando quieren traspasar la General Paz. Al día de hoy, muchos años después, los argentinos hemos sabido desagraviar al inmigrante, reconociendo la valía de su trabajo.
El “cabecita negra”: Y siempre estuvieron los pobres. El “negro de mierda” en nuestro país existe desde antes que se nos ocurra el nombre “Argentina”. El morocho, el bajito, el peludo… engrosa esa parte de la población que siempre metió miedo. Estando ahí, al acecho… creyendo tener derecho a la dignidad. La discriminación al negro (concepto que no engloba exclusivamente al moreno, sino que abarca otras personas, enumeradas por exclusión respecto de uno mismo), permanece en estado latente.
El inmigrante II (una mala película que se repite): Hoy en día, los inmigrantes son el blanco de las críticas. Ahora son paraguayos, bolivianos, peruanos, chinos, taiwaneses y coreanos. Se afincan principalmente en la Capital y el Gran Buenos Aires. No acceden de ninguna manera al empleo digno sin embargo, la gran mayoría trabaja ¿Dónde? En los talleres textiles clandestinos, como albañiles subidos a andamios sin seguro, de jornaleros, de recolectores de arándano dos y tres veces picados por la yarará, de mucamas mal pagas y sin sindicalizar.... Y los que no trabajan en éstos empleos: de prostitutas las mujeres, y los hombres en el narcotráfico. Por otro lado, el supermercado, mini mercado o autoservicio es el negocio de los orientales, por excelencia.
El porteño dice a menudo que “ésta inmigración es descontrolada”, y que si nuestro país no genera empleo para los nativos mismos, ¿cómo habría de haberlo para el que viene de fuera? Olvida, sin embargo, al boliviano que trabaja en su taller textil, o la prenda de marca que viste, el albañil peruano, su mucama, la prostituta que le brindó sus servicios, el paraguayo que le expende cocaína, y la mercadería que compra en el chino de la esquina cada semana, varios pesos más barata que en las grandes líneas de supermercados nacionales.
La densidad nacional argentina en su puja interna: modelos de país.
Yacía el 1800, Inglaterra, que por aquel entonces era la potencia hegemónica indiscutida, fue un aliado importante en el proceso de emancipación de la mayoría de los países latinoamericanos. El motivo era simple: mientras los anquilosados Francia, Portugal y España mantenían con sus colonias un monopolio comercial de sujeción, los barcos ingleses ya contrabandeaban con los puertos clandestinos y los riachos inferiores, logrando mayores ventajas. El virus emancipador fue aprovechado por Gran Bretaña, que promovió la liberalización política y económica de las excolonias, para asegurarse nuevos mercados en la era del comercio internacional que se venía.
Así nació un noviazgo con Inglaterra que duró hasta Perón. Argentina vendía lana, cueros, sebos, carne y granos y recibía los vestidos, las velas, el tasajo, etcétera. Esto se traducía en un intercambio deficitario: las divisas provenientes de la exportación no alcanzaban para pagar la importación de productos debido a que éstos últimos se encarecían por el valor agregado que implicaba la manufactura.
Además, los pactos con Gran Bretaña eran de una amistosidad relativa: Argentina prácticamente se comprometía a comerciar exclusivamente con Gran Bretaña, y no le estaba bajo ningún concepto permitido gravar la importación proveniente de ese país, lo que se traducía en importaciones que no dejaban rédito alguno en la Aduana.
A todo esto, los gobiernos nacionales, sometidos a la presión externa del gentleman amigote, también soportaban la puja de los criollos de una elite en crecimiento: la oligarquía agropecuaria argentina. Aquellos apellidos que, según Eva Perón, olían a bosta, eran quienes producían la materia prima que era exportada a Inglaterra. Si bien la balanza deficitaria era negativa para los intereses nacionales en general, los particulares del campo argentino se beneficiaban obteniendo espectaculares ganancias del tráfico comercial exclusivo.
Ésta fue la cuna del liberalismo argentino.
En contrapartida, nacía, en un estrado ideológico bien distinto, el modelo industrializador. Ya un antecedente puede verse en Pedro Ferré (gobernador de Córrientes), ardiente defensor de la industria nacional por sobre el producto importado.
Un modelo bien distinto de economía tiene lugar tras la caída de los gobiernos fraudulentos conservadores de la etapa roquista.
Hipólito Yrigoyen, proveniente de la UCR, fue uno de los primeros grandes líderes populares del país. Sus medidas de protección social, el avance sobre la sindicalización y la atención a la lucha obrera lo posicionaron como un presidente popular, que se paraba en la vereda de enfrente. Si bien su mandato fue algo contradictorio en materia democrática con la política de intervención federal y la represión a los trabajadores que se intensificó producto de un agitado clima social, el legado histórico de Yrigoyen reposa en su austeridad, la atención de la cuestión social, el fortalecimiento de la clase media e YPF, sigla que hasta hoy encierra un sentido de soberanía nacional.
Rescatando las ideas progresistas del yrigoyenismo, y el carisma de los grandes líderes fascistas (lo digo sin miedo alguno a admitirlo, aún militando dentro de las filas de aquel partido), el general Juan Domingo Perón sería, desde 1943, uno de los símbolos políticos, sociales, y culturales más influyentes de la Argentina. El peronismo implementó tres banderas que serían la traducción criolla del Estado keynesiano: Independencia económica, soberanía nacional, y justicia social.
Sobre esa base se construyó un Estado que promovió la industria y el empleo. La seguridad social fue la premisa que permitió el fortalecimiento de una clase media argentina que, pese a los eventuales empobrecimientos, aún subsiste. El peronismo y su continuación hasta el golpe de 1976, impulsó la ola industrializadora del país, logrando el mayor período de crecimiento en materia económica.  PULKI, SIAM, FABRICACIONES MILITARES… son algunos de los nombres que los abuelos repiten con lágrimas. Fortalecimiento del consumo. Mercado interno vigoroso.
Pero el modelo peronista logró enemigos. El liberalismo nacional, nucleado en las patronales y los sectores de poder más relevantes del país, en alineamiento con las FAA, logró hacerse del poder político  para eliminar todo aquello que se identificase con Perón. Con ello, una industria floreciente.
La historia de la argentina es la historia de la lucha entre ambas visiones por lo pronto irreconciliables de la política económica.
La densidad nacional en su puja interna. Unitarios vs. Federales
Hice referencia al interés nacional (página 5, párrafo 4) ¿Cuál era el interés general nacional? ¿Existía?
Los libros de historia sólo hacen referencia a estos tres actores: la clase patricia, el aliado inglés y los gobernantes.
Pero había otros. Otros que gritaban.
La lucha del federalismo y unitarismo, no era más que la lucha entre la capital y las provincias. Era el debate entre la civilización, como concepto que nacería y evolucionaría de la mano del europeísmo propio de la elite criolla argentina, y la barbarie, el término que esa civilización utilizaba para referirse en forma peyorativa, a todo aquello que no se ajustara al modo de vida cristiano, europeo y liberal.
Sarmiento y Alberdi mandaban no ahorrar la sangre del gaucho, y el Chacho Peñaloza, Crispín Velázquez, Artigas, Urquiza, Ferre, Estanislao López, defender la industria de las provincias y/o la democratización del tráfico comercial (Urquiza es un ejemplo, resistía el monopolio porteño pero apoyaba la economía liberal), y proteger el mercado interno de la depredación inglesa.
Si bien la resistencia de los caudillos fue intensa y sangró hasta la última gota en la batalla, para la etapa mitrista ya se habían consolidado las premisas liberales y unitarias. Y la pobreza estructural de las provincias del Interior.
La Argentina es un hombre con una gran cabeza ubicada en Buenos Aires, y un cuerpo raquítico, las provincias.
Tucumán y Mendoza, productoras de vino y azúcar desde la época del virreinato, sufrieron la mutilación de su industria desde el momento en que sus productos debían pasar por la aduana porteña antes de ser exportados, encareciéndose el precio con el transporte hasta el puerto de Buenos Aires, lo que convertía al producto en un bien no competitivo en el mercado.
En el caso de Entre Ríos, que es el que conozco por ser natural de esa provincia, el monopolio de la Aduana de Buenos Aires, que se traducía en la expresa prohibición de comerciar a través de los ríos Uruguay y Paraná, azotó un comercio integracionista incipiente con las provincias uruguayas, Paraguay y Brasil, (en un corredor que incluía Corrientes y Misiones).
Las provincias argentinas debieron subordinarse y aún hoy se subordinan a un federalismo que solo consta en los papeles, desde el momento en que la autonomía política es relativa puesto que, los gobiernos de provincia están siempre inmersos en la realidad de la falta de fondos suficientes para gestionar. De ahí que no tener un gobernador adicto al Presidente de turno, siempre se traduce en malos tragos para la provincia.
La coparticipación, a través de la cual el Gobierno Nacional recibe los recursos de las provincias para repartirlos nuevamente, condiciona la autonomía federal. Hoy en día no existe motivo alguno que justifique que las provincias no puedan disponer de los fondos que ellas mismas producen. Si aquello cobraba sentido en la época de la formación del Estado Nacional, cuando el correntino respondía que su patria era Corrientes, hoy, que todos nos sentimos argentinos, debemos gozar de la libertad que nuestra Constitución otorgó a los gobiernos de Provincia.
En Buenos Aires se ubica todo lo trascendente en nuestro país: Las provincias consumen los medios porteños y se anotician primero de los hechos de la farándula que de las noticias de carácter federal, si es que éstas tienen lugar en los noticiosos. Por el mundo se pregunta “¿qué es Argentina?” Y el turista responde “Buenos Aires. Maradona. Tango”.
La peña salteña cede ante la milonga porteña.
El mate, al café.
El asado, al sushi.
En las elecciones porteñas de 2011, se impuso cerca del 50%, Mauricio Macri, candidato por la fuerza PRO, que bien puede definirse como un partido sino de derecha, conservador. Al menos bien distinto de la fuerza gobernante del país, el Frente Para la Victoria, de tendencia claramente más progresista. Se ha dicho repetidas veces que el electorado porteño es particular. Lo cierto es que mientras la Ciudad Autónoma de Buenos Aires reelige con amplitud un gobierno conservador como el macrista, en el resto del país, en el diagnóstico que significaron las elecciones primarias, se impuso en la mayoría de las provincias el FPV, de una ideología claramente contraria al PRO. Ya no puede fundarse en la “particularidad” del electorado porteño tamaña desinteligencia con las provincias. Es hora de que las segundas tomen protagonismo.

***

Si bien pueden gozar de un desarrollo aún más profundo, (que excede las intenciones del presente trabajo), éstos son algunos de los tópicos en que se ve una densidad nacional que tiene poco de cohesiva.
Los resultados: un nación que a lo largo de la historia ha escrito con la mano y borrado con el codo, todo por odiar al de al lado.