Sobre la densidad nacional argentina
Es necesario antes de exponer en lo que sigue, que la idea “densidad nacional” como el presupuesto hipotético que da arranque a la pluma de Ferrer, es de vaguedad y ambigüedad notables. Pero necesarias.
En los límites casi inexistentes de este concepto, se juntan, a mi criterio, varios elementos cuya enumeración resultaría tediosa para todo desarrollo.
La necesidad de fronteras difusas del concepto en cuestión, breva precisamente en que cualquier intento de definir el alcance del mismo mutila la incontable cantidad de supuestos que pueden subsumirse en él.
La densidad nacional, aunque resulte tautológico, es inherente a una Nación en particular y varía en contenido (no en significado) a cada Nación.
Ergo, la densidad nacional argentina es la que interesa, y puedo decir que, como todo lo que producimos por estos lares, es exclusiva y llama la atención.
La densidad nacional en sentido lato es, a mi criterio, la idiosincrasia de un pueblo, el inconsciente colectivo, la cohesión que une la mixtura si la hay, el ideario que forma los sentimientos de patria, el simbolismo, su lenguaje, su religión común, la historia que los une y la cosmovisión propia del conjunto de ciudadanos. La densidad nacional es, en definitiva, la conjunción de todos estos elementos; una amalgama que caracteriza a una Nación y que permite verla como un todo que define a sus partes.
Ya adelanté que la densidad nacional argentina reviste una tipicidad digna del análisis de Ferrer y unos cuántos. Y es que en nuestro país, esta amalgama, el conjunto de todos aquellos ingredientes que permiten un todo armonioso, no se termina de dar aún. La falta de armonía en la densidad nacional argentina es su característica principal: se advierten grupos sociales divididos en constante choque por la diversidad de sus intereses. No se logra la consecución de un fin común, porque aquel fin común no existe o siempre hay quien gana en el tironeo y disfruta del poder sin repartir las ganancias del mismo.
En todos los países del mundo, las densidades nacionales han sufrido momentos de choque entre diversidades. La trayectoria democrática es un factor relevante en la consecución de una densidad nacional “armónica”.
Actualmente está instalada y comprobada la idea de que la forma democrática de gobierno, logra que los sectores de la sociedad que permanecen en pugna, se hagan escuchar en los parlamentos nacionales. El resultado, en lo teórico, sería siempre un equilibrio frágil denominado “consenso”. El consenso es frágil por naturaleza pues se forma de diferencias irreconciliables que ceden en parte y a regañadientes, por obtener la misma cuota de lo que ceden en lo que desean. En la democracia parlamentaria europea, el consenso cobra virtualidad, según Rosseau, entre dos polos opuestos que logran aglutinarse partiendo de las diferencias respecto de un tercero.
En la Argentina, la representatividad (característica inescindible de la democracia), es crítica. Es importante e interesante el artículo de Carlota Jackish para La Nación: “La crisis de representatividad”.
Los grupos sociales rara vez logran identificarse con sus representantes y esto es porque la clase política argentina difícilmente presenta sus intereses de forma descarnada. Al contrario, las campañas políticas ensalzan al candidato como una figura popular y progresista. Los jingles de campaña al ritmo de la cumbia son ejemplo típico. No obstante, las patas de la mentira en campaña se han ido acortando últimamente: aunque Macri baile y cante Gilda… en el fondo sigue siendo el que alguna vez acusó “una inmigración descontrolada”, sin cuidarse del gesto de asco que utilizó al pronunciar la frase.
Esto resulta en que el poder político, en última instancia, está en varias manos que siempre responden a los grupos con mayor poder real. Los otros quedan afuera.
La llaga en carne viva de la Nación Argentina.
“Los otros” en la historia argentina
En la Argentina siempre estuvieron los otros. Los no invitados a la cena.
Los aborígenes: La desigualdad nació desde la Colonia. Cuando los virreinatos, y mientras su producción fue útil, el indio trabajó a sol y sombra para que el huinca se haga de su fetiche maldito: el oro.
Cuando España sorbió las últimas gotas de oro y plata deshinchando los cerros preciosos, el indio fue molesto e inservible. No le quedó otra que refugiarse viendo como sus tierras eran apropiadas, sin permiso, por la Corona Católica de España.
La escasa población aborigen que residía en el país, se escondió en el altiplano, las selvas misioneras, y el frío de la Patagonia. Los Pampas y Charrúas, entre otros habitantes de la llanura, resistieron en malones. Hasta la campaña del Desierto que tuvo como vocación extender la frontera agrícola para profundizar el modelo agroexportador. Al paso, redujo la población indígena al mínimo en un genocidio brutal. La exclusión del aborigen es un rasgo que se arrastra desde entonces. Viven en el hacinamiento y la total desprotección.
El gaucho: El gaucho argentino era bárbaro y no trabajaba, añoraba la época en que podía vivir de la huerta frente a su casa, mientras se dedicaba a tocar la guitarra. Por naturaleza era enamoradizo e infiel. Andaba siempre de pelea en pelea. Una maestra llegó a decirme en la primaria, que cuando los gauchos querían comer lengua de vaca, mataban al animal, le cortaban la lengua y dejaban el resto pudriéndose al sol. Otro día gustaban rabo, lo mismo, etcétera…
Lo cierto es que esta enseñanza, y la visión peyorativa del gaucho, devienen de la intencionalidad política con que se elaboró la historia argentina, (que dicho sea al paso, fue escrita entre otros, por uno de los grandes actores en el proceso de “Formación del Estado Nacional”, Bartolomé Mitre), que dejó en el inconsciente colectivo la imagen del gaucho como un vago inútil. Sin embargo sirvió de mucho en el “Marketing” con que la Argentina del Primer Centenario se presentaba al mundo para colocar sus productos, de ahí que el ruralismo nacional emula la vestimenta propia del gaucho matrero… a tanto tiempo que ha pasado, la licencia está permitida.
El inmigrante I: Ya más tarde fue el turno de los inmigrantes. Una horda hambrienta de españoles, italianos, polacos, alemanes, vino invitada por Sarmiento y Alberdi. Lo cierto es que el inmigrante descripto en las “Bases…” desentonaba con el harapiento visitante socialista. Buenos Aires se vio superpoblada, comenzaron las villas y los conventillos (una realidad que subsiste), formando el cordón de aquellos que se azotan contra el muro de la discriminación y la desigualdad, cuando quieren traspasar la General Paz. Al día de hoy, muchos años después, los argentinos hemos sabido desagraviar al inmigrante, reconociendo la valía de su trabajo.
El “cabecita negra”: Y siempre estuvieron los pobres. El “negro de mierda” en nuestro país existe desde antes que se nos ocurra el nombre “Argentina”. El morocho, el bajito, el peludo… engrosa esa parte de la población que siempre metió miedo. Estando ahí, al acecho… creyendo tener derecho a la dignidad. La discriminación al negro (concepto que no engloba exclusivamente al moreno, sino que abarca otras personas, enumeradas por exclusión respecto de uno mismo), permanece en estado latente.
El inmigrante II (una mala película que se repite): Hoy en día, los inmigrantes son el blanco de las críticas. Ahora son paraguayos, bolivianos, peruanos, chinos, taiwaneses y coreanos. Se afincan principalmente en la Capital y el Gran Buenos Aires. No acceden de ninguna manera al empleo digno sin embargo, la gran mayoría trabaja ¿Dónde? En los talleres textiles clandestinos, como albañiles subidos a andamios sin seguro, de jornaleros, de recolectores de arándano dos y tres veces picados por la yarará, de mucamas mal pagas y sin sindicalizar.... Y los que no trabajan en éstos empleos: de prostitutas las mujeres, y los hombres en el narcotráfico. Por otro lado, el supermercado, mini mercado o autoservicio es el negocio de los orientales, por excelencia.
El porteño dice a menudo que “ésta inmigración es descontrolada”, y que si nuestro país no genera empleo para los nativos mismos, ¿cómo habría de haberlo para el que viene de fuera? Olvida, sin embargo, al boliviano que trabaja en su taller textil, o la prenda de marca que viste, el albañil peruano, su mucama, la prostituta que le brindó sus servicios, el paraguayo que le expende cocaína, y la mercadería que compra en el chino de la esquina cada semana, varios pesos más barata que en las grandes líneas de supermercados nacionales.
La densidad nacional argentina en su puja interna: modelos de país.
Yacía el 1800, Inglaterra, que por aquel entonces era la potencia hegemónica indiscutida, fue un aliado importante en el proceso de emancipación de la mayoría de los países latinoamericanos. El motivo era simple: mientras los anquilosados Francia, Portugal y España mantenían con sus colonias un monopolio comercial de sujeción, los barcos ingleses ya contrabandeaban con los puertos clandestinos y los riachos inferiores, logrando mayores ventajas. El virus emancipador fue aprovechado por Gran Bretaña, que promovió la liberalización política y económica de las excolonias, para asegurarse nuevos mercados en la era del comercio internacional que se venía.
Así nació un noviazgo con Inglaterra que duró hasta Perón. Argentina vendía lana, cueros, sebos, carne y granos y recibía los vestidos, las velas, el tasajo, etcétera. Esto se traducía en un intercambio deficitario: las divisas provenientes de la exportación no alcanzaban para pagar la importación de productos debido a que éstos últimos se encarecían por el valor agregado que implicaba la manufactura.
Además, los pactos con Gran Bretaña eran de una amistosidad relativa: Argentina prácticamente se comprometía a comerciar exclusivamente con Gran Bretaña, y no le estaba bajo ningún concepto permitido gravar la importación proveniente de ese país, lo que se traducía en importaciones que no dejaban rédito alguno en la Aduana.
A todo esto, los gobiernos nacionales, sometidos a la presión externa del gentleman amigote, también soportaban la puja de los criollos de una elite en crecimiento: la oligarquía agropecuaria argentina. Aquellos apellidos que, según Eva Perón, olían a bosta, eran quienes producían la materia prima que era exportada a Inglaterra. Si bien la balanza deficitaria era negativa para los intereses nacionales en general, los particulares del campo argentino se beneficiaban obteniendo espectaculares ganancias del tráfico comercial exclusivo.
Ésta fue la cuna del liberalismo argentino.
En contrapartida, nacía, en un estrado ideológico bien distinto, el modelo industrializador. Ya un antecedente puede verse en Pedro Ferré (gobernador de Córrientes), ardiente defensor de la industria nacional por sobre el producto importado.
Un modelo bien distinto de economía tiene lugar tras la caída de los gobiernos fraudulentos conservadores de la etapa roquista.
Hipólito Yrigoyen, proveniente de la UCR, fue uno de los primeros grandes líderes populares del país. Sus medidas de protección social, el avance sobre la sindicalización y la atención a la lucha obrera lo posicionaron como un presidente popular, que se paraba en la vereda de enfrente. Si bien su mandato fue algo contradictorio en materia democrática con la política de intervención federal y la represión a los trabajadores que se intensificó producto de un agitado clima social, el legado histórico de Yrigoyen reposa en su austeridad, la atención de la cuestión social, el fortalecimiento de la clase media e YPF, sigla que hasta hoy encierra un sentido de soberanía nacional.
Rescatando las ideas progresistas del yrigoyenismo, y el carisma de los grandes líderes fascistas (lo digo sin miedo alguno a admitirlo, aún militando dentro de las filas de aquel partido), el general Juan Domingo Perón sería, desde 1943, uno de los símbolos políticos, sociales, y culturales más influyentes de la Argentina. El peronismo implementó tres banderas que serían la traducción criolla del Estado keynesiano: Independencia económica, soberanía nacional, y justicia social.
Sobre esa base se construyó un Estado que promovió la industria y el empleo. La seguridad social fue la premisa que permitió el fortalecimiento de una clase media argentina que, pese a los eventuales empobrecimientos, aún subsiste. El peronismo y su continuación hasta el golpe de 1976, impulsó la ola industrializadora del país, logrando el mayor período de crecimiento en materia económica. PULKI, SIAM, FABRICACIONES MILITARES… son algunos de los nombres que los abuelos repiten con lágrimas. Fortalecimiento del consumo. Mercado interno vigoroso.
Pero el modelo peronista logró enemigos. El liberalismo nacional, nucleado en las patronales y los sectores de poder más relevantes del país, en alineamiento con las FAA, logró hacerse del poder político para eliminar todo aquello que se identificase con Perón. Con ello, una industria floreciente.
La historia de la argentina es la historia de la lucha entre ambas visiones por lo pronto irreconciliables de la política económica.
La densidad nacional en su puja interna. Unitarios vs. Federales
Hice referencia al interés nacional (página 5, párrafo 4) ¿Cuál era el interés general nacional? ¿Existía?
Los libros de historia sólo hacen referencia a estos tres actores: la clase patricia, el aliado inglés y los gobernantes.
Pero había otros. Otros que gritaban.
La lucha del federalismo y unitarismo, no era más que la lucha entre la capital y las provincias. Era el debate entre la civilización, como concepto que nacería y evolucionaría de la mano del europeísmo propio de la elite criolla argentina, y la barbarie, el término que esa civilización utilizaba para referirse en forma peyorativa, a todo aquello que no se ajustara al modo de vida cristiano, europeo y liberal.
Sarmiento y Alberdi mandaban no ahorrar la sangre del gaucho, y el Chacho Peñaloza, Crispín Velázquez, Artigas, Urquiza, Ferre, Estanislao López, defender la industria de las provincias y/o la democratización del tráfico comercial (Urquiza es un ejemplo, resistía el monopolio porteño pero apoyaba la economía liberal), y proteger el mercado interno de la depredación inglesa.
Si bien la resistencia de los caudillos fue intensa y sangró hasta la última gota en la batalla, para la etapa mitrista ya se habían consolidado las premisas liberales y unitarias. Y la pobreza estructural de las provincias del Interior.
La Argentina es un hombre con una gran cabeza ubicada en Buenos Aires, y un cuerpo raquítico, las provincias.
Tucumán y Mendoza, productoras de vino y azúcar desde la época del virreinato, sufrieron la mutilación de su industria desde el momento en que sus productos debían pasar por la aduana porteña antes de ser exportados, encareciéndose el precio con el transporte hasta el puerto de Buenos Aires, lo que convertía al producto en un bien no competitivo en el mercado.
En el caso de Entre Ríos, que es el que conozco por ser natural de esa provincia, el monopolio de la Aduana de Buenos Aires, que se traducía en la expresa prohibición de comerciar a través de los ríos Uruguay y Paraná, azotó un comercio integracionista incipiente con las provincias uruguayas, Paraguay y Brasil, (en un corredor que incluía Corrientes y Misiones).
Las provincias argentinas debieron subordinarse y aún hoy se subordinan a un federalismo que solo consta en los papeles, desde el momento en que la autonomía política es relativa puesto que, los gobiernos de provincia están siempre inmersos en la realidad de la falta de fondos suficientes para gestionar. De ahí que no tener un gobernador adicto al Presidente de turno, siempre se traduce en malos tragos para la provincia.
La coparticipación, a través de la cual el Gobierno Nacional recibe los recursos de las provincias para repartirlos nuevamente, condiciona la autonomía federal. Hoy en día no existe motivo alguno que justifique que las provincias no puedan disponer de los fondos que ellas mismas producen. Si aquello cobraba sentido en la época de la formación del Estado Nacional, cuando el correntino respondía que su patria era Corrientes, hoy, que todos nos sentimos argentinos, debemos gozar de la libertad que nuestra Constitución otorgó a los gobiernos de Provincia.
En Buenos Aires se ubica todo lo trascendente en nuestro país: Las provincias consumen los medios porteños y se anotician primero de los hechos de la farándula que de las noticias de carácter federal, si es que éstas tienen lugar en los noticiosos. Por el mundo se pregunta “¿qué es Argentina?” Y el turista responde “Buenos Aires. Maradona. Tango”.
La peña salteña cede ante la milonga porteña.
El mate, al café.
El asado, al sushi.
En las elecciones porteñas de 2011, se impuso cerca del 50%, Mauricio Macri, candidato por la fuerza PRO, que bien puede definirse como un partido sino de derecha, conservador. Al menos bien distinto de la fuerza gobernante del país, el Frente Para la Victoria, de tendencia claramente más progresista. Se ha dicho repetidas veces que el electorado porteño es particular. Lo cierto es que mientras la Ciudad Autónoma de Buenos Aires reelige con amplitud un gobierno conservador como el macrista, en el resto del país, en el diagnóstico que significaron las elecciones primarias, se impuso en la mayoría de las provincias el FPV, de una ideología claramente contraria al PRO. Ya no puede fundarse en la “particularidad” del electorado porteño tamaña desinteligencia con las provincias. Es hora de que las segundas tomen protagonismo.
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Si bien pueden gozar de un desarrollo aún más profundo, (que excede las intenciones del presente trabajo), éstos son algunos de los tópicos en que se ve una densidad nacional que tiene poco de cohesiva.
Los resultados: un nación que a lo largo de la historia ha escrito con la mano y borrado con el codo, todo por odiar al de al lado.